Reflexiones

Desde hace varios días, y debido sobre todo a una considerable falta de tiempo, he venido incorporando a mi Blog personal varios post resumen de mi actividad diaria en Twitter.

Las razones para ello son muchas y muy fácilmente argumentables:

  1. Al ser Twitter un servicio de microblogging y estar limitado a 140 caracteres por Tweet, resulta mucho más cómodo de utilizar, y por tanto mi ritmo de escritura es mucho más frecuente y variada que lo que puede ser de por sí en el Blog.
  2. Dado el cariz informativo de la gran mayoría de mis Tweets, los cuales reflejan aspectos tan cotidianos de mi día a día, hechos relevantes de la actualidad o recomendaciones lanzadas al aire, creo que en cierto modo pueden aportan un valor añadido al incorporarlos al Blog.
  3. Por otro lado está el aspecto de aglutinar todo lo aportado y escrito en Twitter y tenerlo bajo mi propio control. Puesto que en el fondo se trata de un contenido generado por mi, creo que merece por ello su propio espacio, al igual que hago con otros posts y artículos que publico en otros medios como Todas Las Novedades.

Adicionalmente, y a modo más personal, recuerdo que hace ya algunos años, aproximadamente por el 2003, decidí dejar a un lado mi Diario, para empezar a escribir breves resúmenes en un calendario, en donde apenas podía plasmar un par de frases. Un calendario que me sirvió por aquel entonces como extensión o complemento idóneo para hacer un seguimiento de mi día a día por aquel entonces. Ahora la historia se repite, pero con Internet y este Blog como plataforma.

¿Y vosotros que opináis, debe ser lo escrito en Twitter como una parte más de un Blog?

Sigo enfrascado en la lectura de Heavier Than Heaven (2001), y debo reconocer que se me está resistiendo cosa mala. Es el segundo libro que me he propuesto concluir y estoy seguro, vamos totalmente convencido, de que en breve podré acabar con él.

Creo sinceramente que resulta más fácil leer novelas que biografías, sobre todo cuando conozco ampliamente las venturas y desventuras del biografiado en cuestión. Pero la cosa se termina de complicar aún más cuando se trata de uno de los referentes más importantes de mi adolescencia.

Hablo como no de Kurt Cobain, el malogrado líder de Nirvana.

Recuerdo que gracias a su música comence a tocar mis primeros acordes a la guitarra, y empecé a dar rienda suelta a mis sueños de Grunge Star. También de la necesidad de preservar su memoria empece en el mundo Web con la que fue una de las primeras páginas web, totalmente en castellano, dedicadas a su figura. Incluso llegue a dejarme el pelo largo y teñirmelo de rubio, llevando al extremo mi admiración por aquel nuevo mártir del Rock.

Posters, revistas, camisetas, discos, libros, todo material sobre Nirvana que pudiera caer entre mis manos era poco. Y de hecho aún sigue cayendo, esta vez en forma de vinilos o últimos libros editados.

Pero la lectura de uno de los libros más completos y documentados en los que se habla sin tapujos de la vida y obra de Kurdt Kobain, que es como él mismo solía llamarse, me está permitiendo poner aún si cabe más tierra de por medio entre la mitificada figura que tenía de él cuando yo todavía era adolescente y la patética imagen que ahora se recrea en mi mente más de diez años después de aquella vez que escuché Smells Like Teen Spirit por primera vez.

Algunos dirán que es cosa de la edad, y puede que no les falte razón. Y es que por mucho que siga siendo un crio a ojos del mundo, me encuentro a punto de rozar ya los 27 años. Esa edad maldita ante la que sucuembieron gran parte de los mártires del Rock, como Jim Morrison, Brian Jones, Janis Joplin, Jimi Hendrix, o como el propio Kurt Cobain, integrantes todos ellos del conocido como Club de los 27.

Pero en realidad lo que creo que ha cambiado es simplemente mi visión de la música, de los grupos, de los artistas, de los mitos ahora caídos. He abandonado y dejado irremediablemente atrás los años de adolescente fácilmente impresionable, para adentrarme ahora en los tiempos de la reflexión y la observación más fría de los datos, los acontecimientos, la historia.

Creo que con esta reflexión en voz alta confirmo de forma definitiva mis peores temores. He cambiado inevitablemente de bando. Me enrolado en las filas de ese ingobernable barco que con razón dicen está lleno de músicos frustrados. Me he pasado al vilipendiado mundo de los críticos musicales.

Parafraseando a Héroes del Silencio, puedo decir que llevo varios días sumido en brazos de la fiebre. Recuerdo haber estado cerca de dos años sin estar enfermo, lo cual resulta sorprendente para alguien como yo, acostumbrado a padecer de anginas al menos cuatro o cinco veces por año. Se podría decir que desde la última vez, en la que pasé un par de días en cama, he logrado esquivar con cierta fortuna cualquier resfriado o gripe. Pero esta vez he caído, sin poder remediarlo, sin tiempo para reaccionar.

Odio, como supongo que le pasará a muchos, caer enfermo. Más todavía si tan inoportuna circunstancia se da durante el invierno. Pero independientemente de la estación del año, no hay para mi una sensación peor que la que provoca la nefasta conjunción de fiebre e inflamación de garganta. Resulta francamente insoportable. Sobre todo cuando uno se pasa prácticamente todo el tiempo tosiendo. Un ya de por si incómodo gesto, con el cual tan sólo podemos conseguir incrementar el fatal e inevitable dolor de cabeza. Realmente insufrible.

El sólo hecho de estar sumido en ese estado febril, a medio camino entre el mundo real y el de las alucinaciones, hace que uno vaya deambulando por la calle como si fuera un zombie, con la única esperanza de llegar a casa para ser absorvido por la cama o el sofá. Además, cuando la fiebre hace acto de presencia, subiendo nuestro calor corporal entorno a un par de grados, todo parece cobrar una nueva dimensión.

Con los brazos de la fiebre que aún abarcan mi frente
lo he pensado mejor y desataré las serpientes de la vanidad.

El paraíso es escuchar, el miedo es un ladrón
al que no guardo rencor y el dolor es un ensayo de la muerte.

- Heróes Del Silencio, En Brazos De La Fiebre.

La televisión por ejemplo se torna aún más hipnótica de lo que ya de por si puede llegar a ser. En realidad todavía somos conscientes de lo poco adecuado que resulta recurrir a la caja tonta para sobrellevar las horas de delirios y sudores fríos que todavía nos quedan por delante, pero no podemos evitar mirar fijamente a ese aparato infernal, haciendo zapping de una forma insana, como si nos fuera la vida en ello.

Aunque quizás lo que en el fondo todos pretendemos conseguir al mantenernos frente al televisor, el ordenador o afrontando otros quehaceres cotidianos en tan deplorable estado, es evitar esa lucha enfermiza y en ocasiones insana que se produce en el interior de nuestro cerebro cuando nos dejamos atrapar por los brazos de la fiebre.

Porque es justo entonces cuando nos volvemos más conscientes de nuestras debilidades, nuestras vulnerabiliades, la frágilidad de nuestra existencia en este complejo mecanismo que algunos llaman universo. Nos sumimos en una verdadera batalla por conservar nuestra propia cordura, por desterrar las alucinaciones febriles, los delirios y las pesadillas tremebundas.

Sinceramente, odio ponerme enfermo!!

Da igual la época del año que sea, siempre que me pongo a escuchar algún álbum de la banda de Chicago me entra cierta nostalgia adolescente. Una sensación que se agudiza todavía más cuando empieza a sonar el que a mi parecer es el trabajo más destacado de Billy Corgan y los suyos. Hablo como no del fabuloso Mellon Collie and the Infinite Sadness (1995), un doble álbum magistral a la par que esencial para entender el Rock de los 90′s.

Sólo temas tan impresionantes como Zero, Bullet With Butterfly Wings, Stumbleine, 1979 o Tonight, Tonight, son capaces de trasladarme hacía atrás en el tiempo. De vuelta a los días de instituto, a la ingenua y desconocida etapa de la adolescencia, a un tiempo en el que las canciones todavía tenían efectos casi milagrosos y místicos en mí. Sensaciones y vivencias que he ido perdiendo con el paso de los años, el aumento de las responsabilidades y la tan sobrevalorada independencia.

With the headlights pointed at the dawn we were sure wed never see an end to it all
And I dont even care to shake these zipper blues, and we dont know
Just where our bones will rest, to dust I guess…

- 1979 por The Smashing Pumpkins

Un tiempo ya lejano, y en cierto modo también añorado, en donde no teníamos que pensar en el futuro, ni tampoco en el pasado, ni siquiera a veces en el presente más inmediato. Eramos totalmente libres, con nuestros problemas, nuestras inquietudes, nuestra más absoluta inexperiencia, pero libres al fin y al cabo. El mundo se revelaba ante nosotros y teníamos la imperiosa necesidad de abrazarlo con fuerza, exprimiendo hasta la última gota de su esencia, viviendo muchas veces al límite. Resultaba imposible entonces no sentirlo todo con una enorme intensidad.

Querido Billy Corgan, ¿qué fue de aquellos maravillosos años?…

Hace algunos días @subgurim nos deleitó con un par de posts realmente interesantes acerca de las virtudes, y también aptitudes, que debe tener aquel que aspire, algún día, a ser un emprendedor. Hizo a bien ubicar en la primera posición de su decálogo de virtudes (del emprendedor), la constancia como eje principal y central sobre el que sustentar todas las demás.

Creo muy firmemente que, no sólo para los emprendedores, para cualquier gran o pequeño aspecto a afrontar en esta vida se necesita mucha constancia, y por extensión mucha paciencia. No creo que nadie se sorprenda ante tal afirmación. Pero por si todavía queda algún escéptico…

La RAE nos devuelve la siguiente definición:

constancia1.
(Del lat. constantia).

1. f. Firmeza y perseverancia del ánimo en las resoluciones y en los propósitos.

En nuestro día a día cada cosa que nos proponemos, repito sea la que sea, debemos afrontarla siempre desde la esperanza de llegar a algún resultado, de alcanzar un objetivo, y no desistir hasta alcanzarlo. Muchas veces abandonamos las cosas al poco de iniciarlas, ya sea por falta de tiempo, por agotamiento, por falta de motivación o en ocasiones por simple pereza. También es cierto que en ocasiones hay que saber retirarse a tiempo, pasar página y buscar un nuevo horizonte. Pero para eso dependemos de otras virtudes más concretas como el sentido común o la inteligencia.

Un claro ejemplo es la lectura.

Hay muchas maneras de afrontar la lectura de un libro.

En mis primeros años de adolescencia, cada libro que abría por la primera página se volvía a cerrar horas después por la última. Era muy constante a la hora de afrontar una lectura. Me resultaba imposible despegarme del libro hasta que llegara a su desenlace.

Con los años, las responsabilidades, las obligaciones, cada vez que abría un libro lo cerraba cuarenta páginas más allá, dejando el correspondiente marcador, para retomar quizás más adelante la lectura. Aún tuve tiempo entonces de leer verdaderas obras maestras de la literatura clásica de principios de siglo. Joyas como La Náusea (1938) de Jean Paul Sartre o El Lobo Estepario (1927) de Hermann Hesse estuvieron entre mis manos. Afrontaba la lectura de forma más relajada, pero todavía era ciertamente constante en mi empeño.

Hace unos pocos meses, durante mis días de vacaciones, cada vez que cogía de la estanteria un libro lo volvía a guardar al poco tiempo. A muchos de ellos ni siquiera les puse su correspondiente marcador. La falta de interés, la perdida progresiva de un más que saludable hábito, así como otros aspectos del día a día habían terminado por derrotarme. Había perdido gran parte de mi constancia.

Pero no solo eso, también mi paciencia. Conozco mucha gente que salta de libro en libro, picando de aquí y de allá, sin pararse si quiera a empezar desde el principio, e incluso yendo directamente al final. Nunca han tenido el hábito de la lectura. Nunca han sido constantes.

Actualmente he desembocado en la ausencia total de constancia, directamente ya ni me planteo coger un libro.