Sigo enfrascado en la lectura de Heavier Than Heaven (2001), y debo reconocer que se me está resistiendo cosa mala. Es el segundo libro que me he propuesto concluir y estoy seguro, vamos totalmente convencido, de que en breve podré acabar con él.
Creo sinceramente que resulta más fácil leer novelas que biografías, sobre todo cuando conozco ampliamente las venturas y desventuras del biografiado en cuestión. Pero la cosa se termina de complicar aún más cuando se trata de uno de los referentes más importantes de mi adolescencia.
Hablo como no de Kurt Cobain, el malogrado líder de Nirvana.
Recuerdo que gracias a su música comence a tocar mis primeros acordes a la guitarra, y empecé a dar rienda suelta a mis sueños de Grunge Star. También de la necesidad de preservar su memoria empece en el mundo Web con la que fue una de las primeras páginas web, totalmente en castellano, dedicadas a su figura. Incluso llegue a dejarme el pelo largo y teñirmelo de rubio, llevando al extremo mi admiración por aquel nuevo mártir del Rock.
Posters, revistas, camisetas, discos, libros, todo material sobre Nirvana que pudiera caer entre mis manos era poco. Y de hecho aún sigue cayendo, esta vez en forma de vinilos o últimos libros editados.
Pero la lectura de uno de los libros más completos y documentados en los que se habla sin tapujos de la vida y obra de Kurdt Kobain, que es como él mismo solía llamarse, me está permitiendo poner aún si cabe más tierra de por medio entre la mitificada figura que tenía de él cuando yo todavía era adolescente y la patética imagen que ahora se recrea en mi mente más de diez años después de aquella vez que escuché Smells Like Teen Spirit por primera vez.
Algunos dirán que es cosa de la edad, y puede que no les falte razón. Y es que por mucho que siga siendo un crio a ojos del mundo, me encuentro a punto de rozar ya los 27 años. Esa edad maldita ante la que sucuembieron gran parte de los mártires del Rock, como Jim Morrison, Brian Jones, Janis Joplin, Jimi Hendrix, o como el propio Kurt Cobain, integrantes todos ellos del conocido como Club de los 27.
Pero en realidad lo que creo que ha cambiado es simplemente mi visión de la música, de los grupos, de los artistas, de los mitos ahora caídos. He abandonado y dejado irremediablemente atrás los años de adolescente fácilmente impresionable, para adentrarme ahora en los tiempos de la reflexión y la observación más fría de los datos, los acontecimientos, la historia.
Creo que con esta reflexión en voz alta confirmo de forma definitiva mis peores temores. He cambiado inevitablemente de bando. Me enrolado en las filas de ese ingobernable barco que con razón dicen está lleno de músicos frustrados. Me he pasado al vilipendiado mundo de los críticos musicales.