Connotaciones

Llenamos nuestra vida de necesidades, de innumerables estupideces que se anuncian a través de la caja tonta que todos llamamos televisión, de cosas inertes que, con su posesión, creemos van a proporcionarnos mil y una satisfacciones. Y lo más triste es que luego nos quejamos, sin razón, de llevar una existencia de lo más monótona y aburrida. Y no me extraña que así sea.

Todos andamos a la caza de ese producto mágico que nos devuelva una sonrisa. Un coche, una moto, un viaje a Londres, una cámara digital, una playstation 3. Yo, no obstante, ando buscando un reproductor mp3. Pero no hay forma de encontrarlo. No al menos que se ajuste a mis necesidades reales. Porque, ¿acaso necesito para escuchar música una pantalla de 1,5 pulgadas a todo color?. Pues parece que ser que si, que viene todo en el pack.

Lo más gracioso del asunto es que si no quiero caer en tanta modernidad, ni quiero un bicho que reproduzca vídeo, e de ir a parar a un trasto con pilas. Así que yo me pregunto, ¿quién se esta volviendo loco?. ¿Un reproductor de mp3 todavía funcionando a pilas?. ¿Forma parte de una enrevesada estrategia comercial para tener que ir a morir a un super reproductor mp4, cuando yo me conformo con un mp3?. ¿Van a jugar constantemente con nosotros?. ¿Quién se halla detrás de esta conspiración?.

A este ritmo, un día los libros de bolsillo vendrán acompañados de su pertinente lupa, ya que el tamaño de letra habrá sido reducido considerablemente, para “economizar gastos de edición”. No salgo todavía de mi asombro, ¿un mp3 a pilas?. Lo más gracioso del asunto es que también la mayoría de cámaras digitales de gama baja van a pilas. ¿Os imaginais que un día vuestra operadora de telefonía os regala un móvil?, seguro que irá a pilas…

Imaginad por un momento un mundo sin tecnología, sin electricidad y sin tantos aparatos de los que depender. Espeluznante, ¿no creéis? Pues si os da miedo esta estampa que os planteo, digamos que estáis muertos. A mi contra diré que yo lo he estado durante unos agonizantes minutos. Mi teléfono móvil se ha quedado sin cobertura y sin línea, durante la friolera de cuarenta minutos. Unos segundos más y me hubiera empezado a faltar el aire. Lo hilarante del asunto es que parece que no he sido el único. Se ha producido un colapso generalizado en torno a la una de este medio día en el servicio de una de las tantas operadoras que pululan por el mundo.

Por un instante temí que el fin del mundo hubiera llegado y no hubiera sido convenientemente avisado. Inconscientemente trataba de recordar cuando coño había pulsado el botón rojo. Pero no lo hice, pues tal botón no existe más que en mi retorcida mente. Y si alguna vez hubiera existido, habría hecho uso de él hace ya mucho tiempo. Daría mi vida entera y la de este planeta por un botón como ese. De igual modo que hubiese cambiado mi alma por algo de cobertura para mi teléfono móvil. Necesitaba hacer una sola llamada y ya comenzaba a percibir cierta sensación de agobio, de malestar, de histeria, aún a falta de un útero, de que todo lo establecido llegaba por fin a su último aliento.

Un mundo sin luz artificial, sin reproductores mp3, sin teléfonos, sin coches, sin tan siquiera ordenadores. Todo regido por la más estricta naturalidad. Cero autómatas. ¿Aún podéis respirar? A mí se me ha acabado el aire, creo. Cuarenta minutos de la más absoluta incomunicación, perdido en el maremágnum de mis desatinadas conjeturas. ¿Misiles nucleares? ¿Bombas en las antenas receptoras? ¿Necesito un móvil nuevo?. He sentido verdadero pánico.

¿Y vosotros?

Como el mismísimo Tender Branson al comienzo del libro Superviviente, un curioso y trastornado personaje fruto de la mente de Chuck Palahniuk, quien pretende dejar registrada la historia de su vida en el interior de la caja negra de un avión que él ha secuestrado, alzo mi voz en pos de que algo de mi mismo también perdure, aunque sea de forma virtual en este efímero blog.

Un, dos, tres, probando…

No es que yo quiera realmente contar mi historia a los cuatro vientos, ni mucho menos alardear de todo lo que he vivido, ni tampoco es que pretenda utilizar estas lineas a modo de terapia para conmigo mismo, cosa que se de buena tinta que alguna gente hace, ni tampoco pretendo sentirme mejor por estar haciendo esto. La realidad es que las motivaciones que me llevan de nuevo a emprender este viaje son distintas, muy distintas. Y digo de nuevo porque en mi subconsciente siempre he albergado la sensación de haber hecho esto ya con anterioridad, aunque me resulte imposible recordarlo. Y digo distintas porque no tienen nada que ver con todo lo que he planteado hasta el momento, ni con lo que yo mismo a partir de ahora pueda plantear.

Probando, si, no… alguien me escucha?…

Así que, de algún modo pararme a reflexionar sobre el porque de este blog en el primer post que realizo, me parece de una estupidez supina. Aunque, la verdad, como nunca he sido excesivamente critico ni juicioso conmigo mismo, me voy a permitir ciertas licencias que jamás entraré a valorar. Como por ejemplo la posibilidad de ponerme a disertar abiertamente sobre la conveniencia o no de llevar adelante una iniciativa tan comun hoy dia como esta, siendo que uno, ante todo, persigue la unicidad del ser, más allá del aborregamiento general que ultimamente nos esta afectando.

Tres, dos, uno… palabras y más palabras…

Quizás tampoco sea correcto pensar que por el mero hecho de creer que se es diferente al resto de mortales se deja de ser un borrego más. Es como el que trata de convencerse a si mismo una y otra vez de que algun dia dejará por fin de llover, pues es un borrego más. Como el que cree que para escribir basta con encadenar una palabra tras otra hasta formar una frase cualquiera, otro borrego más al que hay que meter urgentemente en el corral. ¿Y que decir de aquel que inicia un blog creyendo ser un borrego más?. Yo voy a hacer como que no lo se…

Un borrego, dos borregos… el fin del mundo.

Pues si, efectivamente, no deja de ser un borrego más, aunque no os lo creais. Pero no importa. No es relevante. Es más importante llegar a fin de mes con algo suelto para poder gastar. ¿Y en que nos convierte esto? No, en borregos no. Nos convierte en un atajo de ilusos e insulsos incapaces ni tan siquiera de incordiar a la incipiente ingenuidad que incomprensiblemente tanto nos incomoda y a la vez se incorpora a nuestras inquietas vidas, rodeandola con infinidad de indefiniciones a las que que tristemente consideramos como nuestra mayor independencia.

El que se sienta libre… que no bale…