Anoche me permití el lujo, o mejor dicho lo la enorme licencia, de quedarme hasta altas horas de la noche viendo en directo el partido de la NBA entre los Washington Wizards y Los Ángles Lakers, en donde la figura de Pau Gasol se está haciendo cada vez más grande.
Siempre he sido un seguidor ferviente del deporte de la canasta, llegando incluso a tener ficha de jugador en el equipo de juveniles de la ciudad donde vivía en mi adolescencia. Pero mi interés por las mátematicas, la física, la filosofía, la historia, pudieron más, y acabé abandonado el equipo de baloncesto en los últimos años de Instituto.
Volviendo al partido de ayer, los Lakers sufrieron de lo lindo para llevarse la victoria ante los Wizards por dos puntos de diferencia (106-104). Sorprende ver como un equipo, que en teoría este año va a pelear de nuevo por el anillo de campeón de la NBA, sufra lo indecible para ganar. Kobe Bryant jugó un partido realmente horrible, sobre todo en el último cuarto, pero es que el resto de sus compañeros tampoco tuvieron la noche.
Y no es por falta de talento, ni falta de motivación, ni que no sepan como hay que hacer las cosas para ganar. En un momento dado del partido, los Lakers se fueron hasta casi los 25 puntos de diferencia. Justo en ese punto en el que la vanidad, la confianza y el sentimiento de superioridad hacen mella, pudiendo llevar incluso a un grupo tan talentoso de jugadores a abocar irremediablemente en el fracaso más estrepitoso.
Resultó increíble ver como un jugador de talla mundial como Kobe, quien se apoderó por completo del juego de ataque de su equipo en el cuarto definitivo, tan sólo metió una única canasta en el último cuarto y tres tiros libres. Fallando incluso un último tiro libre que pudo ser vital para el desenlace del partido, comprometiendo totalmente la victoria de su equipo.
Es el miedo a ese fracaso el que llega a atenazar al talento. Esa presión añadida cuando crees y sabes que eres el mejor y llega el momento de demostrarlo, jugándotelo todo a una carta. Unas veces te creces y en otras te hundes, mientras que en ocasiones misteriosamente desapareces guardando silencio, tratando de pasar desapercibido. Kobe, desde luego no se arrugó, pero tampoco fue todo lo brillante que se espera de él. Ya se sabe, las espectativas.
Hoy leo la prensa deportiva y me encuentro con titulares como éste, “Kobe Bryant rescata a los Lakers”.
¿Qué no vieron el mismo partido que yo?



