Hace algunos días @subgurim nos deleitó con un par de posts realmente interesantes acerca de las virtudes, y también aptitudes, que debe tener aquel que aspire, algún día, a ser un emprendedor. Hizo a bien ubicar en la primera posición de su decálogo de virtudes (del emprendedor), la constancia como eje principal y central sobre el que sustentar todas las demás.
Creo muy firmemente que, no sólo para los emprendedores, para cualquier gran o pequeño aspecto a afrontar en esta vida se necesita mucha constancia, y por extensión mucha paciencia. No creo que nadie se sorprenda ante tal afirmación. Pero por si todavía queda algún escéptico…
La RAE nos devuelve la siguiente definición:
constancia1.
(Del lat. constantia).
1. f. Firmeza y perseverancia del ánimo en las resoluciones y en los propósitos.
En nuestro día a día cada cosa que nos proponemos, repito sea la que sea, debemos afrontarla siempre desde la esperanza de llegar a algún resultado, de alcanzar un objetivo, y no desistir hasta alcanzarlo. Muchas veces abandonamos las cosas al poco de iniciarlas, ya sea por falta de tiempo, por agotamiento, por falta de motivación o en ocasiones por simple pereza. También es cierto que en ocasiones hay que saber retirarse a tiempo, pasar página y buscar un nuevo horizonte. Pero para eso dependemos de otras virtudes más concretas como el sentido común o la inteligencia.
Un claro ejemplo es la lectura.
Hay muchas maneras de afrontar la lectura de un libro.
En mis primeros años de adolescencia, cada libro que abría por la primera página se volvía a cerrar horas después por la última. Era muy constante a la hora de afrontar una lectura. Me resultaba imposible despegarme del libro hasta que llegará a su desenlace.
Con los años, las responsabilidades, las obligaciones, cada vez que abría un libro lo cerraba cuarenta páginas más allá, dejando el correspondiente marcador, para retomar quizás más adelante la lectura. Aún tuve tiempo entonces de leer verdaderas obras maestras de la literatura clásica de principios de siglo. Joyas como La Náusea (1938) de Jean Paul Sartre o El Lobo Estepario (1927) de Hermann Hesse estuvieron entre mis manos. Afrontaba la lectura de forma más relajada, pero todavía era ciertamente constante en mi empeño.
Hace unos pocos meses, durante mis días de vacaciones, cada vez que cogía de la estanteria un libro lo volvía a guardar al poco tiempo. A muchos de ellos ni siquiera les puse su correspondiente marcador. La falta de interés, la perdida progresiva de un más que saludable hábito, así como otros aspectos del día a día habían terminado por derrotarme. Había perdido gran parte de mi constancia.
Pero no solo eso, también mi paciencia. Conozco mucha gente que salta de libro en libro, picando de aquí y de allá, sin pararse si quiera a empezar desde el principio, e incluso yendo directamente al final. Nunca han tenido el hábito de la lectura. Nunca han sido constantes.
Actualmente he desembocado en la ausencia total de constancia, directamente ya ni me planteo coger un libro.
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